Los años dulces. Taniguchi – Reseña Cómic

Los años dulces

Los años dulces es un paseo a cámara lenta, una poesía de atmosfera atemporal que se puebla paulatinamente de códigos platónicos, implicando de nivel el creciente registro por el que discurre la intimidad del relato.

 

 

Muchas veces te inicias en un título por la recomendación de alguien, sin advertir que con su consejo te provocará un hermoso descubrimiento. En la medida que pasaba las hojas de Los años dulces, el argumento tejía encantamientos que me suscitaban el deseo de acabarlo cuanto antes. Con una naturalidad y un fondo inclusivo, nada forzado, con facilidad y soltura me atrapaba el desenlace mientas condensaba distintas opiniones de cada uno. Cada capítulo se remontaba a un testimonio por derecho propio, cada uno, como una historia al azar del destino, sin cuestionar los silencios. Con costumbres detalladas, las tablas me ayudaba a encadenar momentos memorables, me atraía al mundo de la viñeta con cada gesto y comportamiento que acontecía, mientras brillaba en mi imaginación el sueño de una mujer de 37 años y el de un hombre de 70.

 

Caminaremos a lo largo de los capítulos con Tsukiko y el maestro por el bosque, en las noches estrelladas, dibujadas por una fina línea en blanco y negro ambigua e indefinible. Marca de la casa Taniguchi

Los años dulces es una adaptación de una novela de Hiromi Kawakami, “El cielo es azul, la tierra blanca”. Se hace reconocible por la relación de dos seres solitarios explorando nuevos rincones, el de unos sentimientos que se identifican entre líneas con una sensibilidad etérea, cargados de total inacción en un paradigma íntimo. Dos personas tocándose torpemente y amándose sin decírselo. Sin apresurarse, disfrutando del sabor de la comida alineada en un mostrador a la deriva de la cotidianidad planteada de circunstancias, Jiro cuida muchísimo la caracterización de sus personajes.

 

Rebanadas de aleta caudal de ballena o mozuku, todo ello aderezado de una sincera y discreta amistad , esa que nos hace reflexionar sobre los valores fundamentales de la vida, el encuentro entre dos seres humanos retratado en una prosa concisa, inspirada en la soledad. – En aquella época usted llevaba trenzasEsas palabras, de pronto se sumergieron en el recuerdo, el del profesor en la tarima del aula. Pero no lograba recordar su nombre…

 

Para disimular que no recordaba su nombre lo llamé profesor. Desde entonces, el profesor es el profesor. Aunque oficialmente es Harutsuna Matsumoto. 

 

Alguna vez recorrían 3 ó 4 tabernas en una misma noche. Sus gustos son muy parecidos. ¿Será que nos parecemos? ¿Cómo? No, no, no me refiero al aspecto físico. Me refiero a… al…, al temperamento. Si, al temperamento.

No sólo en los gustos culinarios. También en la forma de relacionarse con otras personas. Él era treinta y pocos años mayor que ella, pero se sentía más cerca de él que de las amigas de su edad.

 

El vínculo que se instala alrededor de un Japón poco convencional, se divide en tantos capítulos como reuniones confluyen entre el profesor y Tsukiko. El dibujo ayuda mucho a establecer el tono, en medio de una animación soberbia como de costumbre, el autor recrea el rastro de la trama, excepto en dos capítulos que nos permite interferir, por el camino mantiene el carácter solitario del profesor a pesar del protagonismo absoluto de Tsukiko. En ningún momento intentan forzar las cosas, de una forma natural en reencuentros casuales, los personajes se ven alcanzados por su pasado, incluso como simple excusa, para despertar sus sentidos. Los acontecimientos se encuentran en un estilo de vida que parece más elegido que soportado.

 

 

La soledad de los personajes perdidos en su realidad funciona y se rebela airadamente, parece condenada a permanecer. 

Taniguchi nos cuenta de forma extraordinaria un estado de indefinición, podríamos decir que a través de la sencillez. La evolución de los sentimientos en Los años dulces, se tornan imbuidos en una hermosa naturalidad que repite una vez más en otra obra maestra. Y vaya si lo consigue, el encantamiento gana peso, te atrapa y deambula entre letra e imagen por el folclore culinario. Sintomático por el detalle te implicará poco a poco en la cultura japonesa, muy alejado de nuestras concesiones morales, asistiremos al nacimiento de una complicidad que subraya la obviedad.

 

Una melancolía que fluye en fragmentos, una fragancia a sake o un paseo anclado en la vida cotidiana, a medio camino entre simples escenas y la frialdad, pero todas ellas llenas de luz en la geometría de su composición, de tal manera que te permite alejarte e impulsarte en el trampolín a la imaginación.

 

Seguiremos la evolución en la vida de la protagonista, incluso sus hazañas amorosas.

 

Jiro Taniguchi (1947-2017). A menudo se centra en la vida cotidiana y en las relaciones personales, la belleza de la naturaleza, el apego a la familia o el regreso a la infancia. A través de ese estilo tan personal nos introduce a menudo en una aderezada reflexión sobre los recuerdos con un trazo cristalino. En este título adapta un manga a la novela de Hiromi Kawakami  (1958). Nacida en Tokio, es una de las escritoras más populares de Japón, sus libros han recibido los más reputados premios literarios. En 2001 ganó el prestigioso Premio Tanizaki por la novela El cielo es azul, la tierra blanca inspirada a novela gráfica por el autor de El almanque de mi padre o Barrio lejano

 

 

Los años dulces

 

 

La edición de Ponent Mon se encarga de publicar el encanto de los encuentros en dos volúmenes que recopilan una obra sin estridencias innecesarias, pero que sabe captar la esencia en la que priman las relaciones y trasladarla la esencia al estilo manga de género seinen. Al final del segundo volumen se reproduce una entrevista entre Kawakami y Taniguchi, donde se muestra la gran complicidad y armonía en la manera de abordar esta adaptación.

En definitiva, toda un experiencia que transmite delicadeza ilustrada, con ese estilo tan personal que caracteriza a uno de autores más importantes del noveno arte, no hace falta añadir nada más.

 

 


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