Deseando amar. Wong Kar-Wai – Reseña cine

El atractivo emocional es la base estilística de una de las películas más hermosa de la historia del séptimo arte. Una ciudad lejana en una época diferente, ante una trama que voluntariamente nunca queda resuelta.

 

 

Aunque sus personajes se encuentran en la orquestación perfecta de coincidencias, justo en el momento oportuno. La confusión acosa el silencio carismático de Tony Leung Chiu Wai y la bellísima melancolía de Maggie Cheung.

 

Deseando amar. Wong Kar-Wai es la sede de los afectos, en ella nos ofrece un viaje en el tiempo, nos obliga a mirar la belleza que cubren los lazos de la conciencia en una cuna de posguerra en Shanghai. Hong Kong, 1962. Chow conoce a Lizhen, una joven que acaba de instalarse en el mismo edificio con su esposo. El Sr. Chow y la Sra. Chan inician una amistad a cámara lenta y con el tono poético que Kar-wai impregna desde una óptica nostálgica y bella, es su idea del amor, una magia de continuos susurros.

El tema principal de la banda sonora “Yumeji´s” ralentiza las imágenes y las prolonga al mismo tiempo, toma al protagonista y al tiempo “a velocidad real”. Es más… le detiene.

 

El marco preciso de las miradas cruzadas bailan un triste vals con música de frases formadas por dieciséis compases, remarcando un contraste absoluto en una atmósfera que se inmiscuye en las entrañas. Las sensaciones son tan intensas que engendra un mundo de pocas palabras y sentimientos abstractos, las emociones se difuminan en la estética y técnica tan perfecta que rozan la obra de arte en cada plano.

 

La mirada contiene los sentimientos más profundos.

 

La fotografía milimétrica de Christopher Doyle, en colaboración con Mark Lee, busca el consuelo que inspira el título, un extraño plan que el azar descubrirá a través de la pantalla, sentiremos un flechazo, es la belleza del amor. Un amor frente al adulterio o la infatuación de un afecto indigente de valores, sin un esquema claro y bajo el patrón de la espontaneidad en mancebamiento de instinto moralmente censurable.

 

“Deseando amar” no es el amor perfecto, es el auténtico.

El amor también es una constante en Wong Kar-wai, que lucha por ‘eternizarse’ en sí mismo, la belleza de lo que no se ve, “Deseando amar” no es el amor perfecto, es el auténtico; el que requiere de aprendizaje, como un arte, el que está en la mente del romanticismo, el que brota como el perfume de la piel. El amor, si se ve como deseo de ser amado por otro, es ‘egoísmo‘… porque sólo el amor acepta una presencia que compromete.

El poder de seducción que soporta cada fotograma persigue una idea de pasión que descansa en insinuaciones empapadas de textura sensual extremadamente atractiva, entre los pasillos estrechos que desesperadamente, están deseando amar.

 

En el camino se desarrollan los sentimientos que crean una sensación de intimidad diferida por sus valores.

 

Wong Kar-wai crea un estilo único; las escenas se filman en ángulos bajos, al nivel de las piernas, con planos detalle de relojes, para enfatizar la soledad de los personajes y el tiempo que pasan solos, la única compañía del visor de la cámara baila en la armonía que reitera la métrica musical de Nat King Cole o Shigeru Umebayashi, que con un tema es capaz de asumir el peso de la película ayudando a las imagenes que expresan, y a las miradas temblorosas bajo la sombra de la lluvia.

 

En los planos ‘oníricos’ se intuyen roces y caricias de un amor cortés donde descansan todos los juicios morales.

 

Con la prespectiva del encuadre el director magnifica la estética que predomina en la verticalidad, con un vestuario elegante y puntilloso al más puro estilo de Ophüls. Las imágenes a través de unos cristales borrosos agregan el toque que impregna surrealismo y evoca aquellos años. La sensación de simetría busca el punto de fuga a los lados del encuadre, y el empleo discreto del color encierra a los protagonistas con el uso de formas y contrastes. La colorimetría está muy cuidada, vestida para un viaje de callado amor imposible.

 

 

Existe poesía en las cosas más simples de la vida, por ello la inevitabilidad de un gesto que no puede sino suspender el tiempo.

 

 

El marco temporal de la película (1962- 1966) abarca dos umbrales hacia lo más profundo. El final en las ruinas de Angkor Wat, antigua capital de Camboya, alinea la película con una historia eterna de movimiento, exilio y dislocación. Finalmente el romance de Kar-wai refleja imágenes de una época pasada, registrada de manera impecable por los hermosos vestidos quipao.

 

Esta cinta y su magnífica banda sonora tan evocadora, me acompañará siempre.

 

 

 

 


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