El huerto del francés de Jacinto Molina – Reseña Cine

Hablar sobre Paul Naschy/Jacinto Molina nos obliga a hacer memoria de una época convulsa en la historia española.

Precisamente, El huerto del francés desentierra los crímenes horribles de un pasado remoto que, en su época de realización, obtienen reflejo sobre la forzosa sepultura de otros más recientes.

El huerto del francés de Jacinto Molina. 1977. Con Paul Naschy, María José Cantudo, Agata Lys, José Calvo, Silvia Tortosa, Yolanda Ríos y Julia Saly.

Los estertores de la dictadura, el tránsito hacia una anhelada democracia… en suma, la transición político-social también dieron cobertura en el seno de la cinematografía patria al progresivo avance de la libertad de expresión; tímido al principio, profundo en el transcurrir de los años.
Con la llegada al cine celtíbero del “destape“, películas de presupuesto exiguo pero ricas en matices fantásticos como La noche de Walpurgis (León Klimovsky, 1970), con guión de Molina e interpretación de Naschy, causaron fuerte impacto en el público. Se debió, principalmente, a la mostracion explícita de elementos erótico-terroríficos sólo entrevistos con anterioridad; pero la sangre podía brotar con profusión desde la herida abierta en la yugular de la jovencita cuyo pecho desnudo recibía dicho fluido siempre que el alterego del hombre-lobo feminicida se llamase Waldemar Daninsky, fuese polaco y sus desventuras transcurriesen en cualquier país centroeuropeo o incluso en la lejana Inglaterra, “porque esas cosas en España no podían pasar“.
El licántropo Daninsky ejemplifica con su vergonzosa marca pentagonal, con la terrible maldición que le imposibilita el amar de forma normalizada, destrozando las figuras femeninas que se cruzan en su camino, el casto barón español que tiene como objetivo liberarse del yugo represor que lo oprime.
Jacinto Molina empieza a dirigir sus propios guiones años más tarde,  mientras que Paul Naschy continúa interpretándolos. El hecho coincide con un mayor relajamiento de la censura. Para El caminante (1979) Naschy se muestra soberbio en su encarnación del diablo que recorre la España medieval haciendo uso de una cruel picaresca. El personaje, en ocasiones, se muestra como epíteto del mal absoluto. Su mirada echa fuego; la espléndida fotografía de Alejandro Ulloa realza el efecto con sus luces. Algo parecido sucede en El huerto del francés.
El huerto del frances. 7&9 Reseña
El huerto del francés de Jacinto Molina

Molina llega hasta la crónica de sucesos de la España profunda escarbando en el significado de la expresión popular “te voy a llevar al huerto”. Tras ella se esconden crímenes sangrientos que acontecen entre finales del siglo XIX y principios del XX.

A menudo, se echa en cara a Molina el sesgo supuestamente misógino de opus como éste. Lo que suele enjuiciarse de forma peyorativa al director de Inquisición, se obvia en el elogio de otro cineasta (a veces, magnífico) como Lucio Fulci; éste sí, profunda, delirantemente misógino.
Por establecer similitudes con el film de la reseña, baste citar el áspero giallo de extrarradio Angustia de silencio (1972), cercano en la descripción amarga del mundo rural pero sin más puntos en común con El huerto del francés que la brutalidad de los crímenes (distintos en forma y fondo, de todos modos) o ese punzante dibujo de un entorno cateto, atrasado, machista.
La infundada acusación de misoginia se ahoga cuando comprobamos que si bien la elección de la historia y situaciones resulta propicia a la hora de retratar unos personajes femeninos maltratados por su estatus de prostitutas -unas- o por su condición de embarazada soltera, -la otra (Cantudo)-, la cámara de detiene equitativamente tanto en el sufrimiento de ésta al practicársele el aborto con la larga aguja que blande una “experta” como en el del “francés” (Naschy) y su patético cómplice de asesinato siendo ajusticiados mediante el garrote vil.

Las intenciones críticas sobre la condición humana, el tono costumbrista de descarnada crueldad se hallan bien perfilados desde el inicio, con la canción que acompaña los títulos de crédito.

La pieza (interpretada por Rosa León) abre y cierra el filme; retrotrae a las coplas populares tanto como a los cuentos morbosos de tradición oral. A través de ella se introducen algunas claves determinantes para entender el relato: la época, el entorno como elementos de peso; el hilo conductivo de la crónica de sucesos; el carácter clasista de los crímenes “en aquel lugar maldito donde los pobres no entraban“; la inexorabilidad de los hechos narrados… Respecto a lo último, la secuencia primera prefigura el final, mostrando a los reos de muerte a punto de ser conducidos hasta el verdugo (un ambiguo Luis Ciges), con lo cual, Molina se recrea en el aire fatalista, desencantado que acompaña al relato.
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El huerto del francés de Jacinto Molina
Cómo avanzábamos, El huerto del francés comparte con El caminante la voluntad de exponer el mal en estado puro, pero también las bajezas del ser humano. Pienso en el tratamiento de tipos y caracteres, también en el perfil conferido a “El francés“, sin mucho que ver (actividades delictivas aparte) con el ladrón homicida original y más cercano a la ambivalencia que nutre a algunos antihéroes de Naschy. P. ej: el propio Daninsky, en un alarde sadista, sin recurrir a su encarnación licantrópica, tritura la cabeza de un violador empleando un enorme pedrusco en Dr. Jekyll y el hombre-lobo (León Klimovsky, 1971); tanto el diablo hecho hombre en El caminante como el asesino por ambición de El huerto del francés son falsamente amigables, indulgentes o galantes cuando les conviene pero muestran su verdadero rostro al ser contrariados.

Molina los interrelaciona astutamente en planos cerrados de sus ojos o ensombreciendo sus rostros cuando se tornan malignos, monstruosos.

 

El primero transita un medievo matizado por la picaresca grata a Él Lazarillo de Tormes. El segundo, de ascendencia francesa pero esposado con una andaluza (Saly) de progenitor pudiente (a resultas de lo cual desarrolla un complejo de inferioridad machista que le impele a lucrarse a toda costa) mora en su casona ilegal de juego y alterne donde se mueve como amo y señor. Se une por interés con las mujeres que utiliza y, secundado por un servidor de pocas luces (Sancho temeroso pero sin escrúpulos a la espera de su ínsula) asesina a los clientes ricos para hurtar nutridas bolsas, enterrando los cuerpos en el huerto adyacente.
El humor comparece poco; excepción hecha del retrato jocoso con que se dibuja al cliente gay. “El francés” se ve incapaz de engatusarlo con prostitutas, reclamando los servicios del hijo del macetero, quien le hace beber, se acuesta con él y lo deja adormecido. Su muerte se integra en una secuencia ejemplar, la única apoyada en el suspense: la mujer que ha abortado el feto del criminal, tras cada asesinato, oye el sonido de la pala cavando en el huerto (excelente apólogo moral en montaje paralelo interior/exterior); pues bien, bajo fundadas sospechas intenta advertir al homosexual somnoliento, quien la rechaza; el sonido de pisadas ascendiendo por la escalera la obligan a ocultarse en el armario; tras el homicidio a hachazos, el mueble está a punto de ser abierto por el cómplice cateto a la busca de los reales que, finalmente, halla en un cajón.

Es El huerto del francés el retrato de un sociópata? El protagonista carece de sentimientos pero no actúa impelido por impulsos sino fría, premeditadamente.

Ingiere una nutrida comilona tras la cual acude por propio pié al garrote vil, desafiando al verdugo, a los civiles. Además, rechaza cubrirse con la capucha, pronunciando estas palabras, dedicadas al público: “Qué vean como estrangulan a un hombre, guardarán ese recuerdo durante toda su vida“.
Un poco antes, tras ser denunciado, se excava el huerto. Allí mismo, el médico del Ayto., por tres veces, le acusa de “estar loco”. “Éso quisiera yo”, réplica “El francés“.

Diálogos magníficos para un librero sobrecogedor, sin duda, entre los mejores, sino el mejor de Jacinto Molina. Y el opus –lo diré sin miedo a equivocarme-, una obra maestra.


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