Oppenheimer reseña cine
Josep Ferran Valls

El prestigioso cineasta Christopher Nolan, por quien incluso Martin Scorsese se deshace en elogios, logra otro éxito de crítica y público con Oppenheimer, más que el típico biopic sobre una personalidad relevante.

Oppenheimer (Id.) Christopher Nolan, 2023. EE UU, Reino Unido. Con Cillian Murphy, Emily Blunt, Matt Damon, Robert Downey Jr., Florence Pught, John Hartnett, Casey Affleck, Rami Malek, Kenneth Branagh, Tom Conti.

Dista mucho de entusiasmarme la filmografía del guionista y director Christopher Nolan, autor de una sandez titulada Tenet (2020), aunque encuentre originales sus aproximaciones al personaje del señor de la noche, Batman.

 

En el caso de Oppenheimer, la película, como apuntábamos más arriba, rehuye los vicios habituales del biopic, incluidos el elogio encendido e incluso la mitificación del biografiado.

 

Filme prolijo, dispone de un ejemplar libreto –basado en American Prometheus (2005), la biografía escrita por Kai Bird y Martín J. Sherwin- redactado por el propio realizador, que vertebra el andamiaje creativo de la ficción.
Oppenheimer abunda en el aprendizaje, investigación, desarrollo científico y posterior declive del creador de la primera bomba atómica, J. Robert Oppenheimer.
Oppenheimer
Oppenheimer
Según se nos cuenta, el físico teórico judío, influido por las ideas e inquietudes nacidas en la época que le toca vivir,  simpatiza con el idealismo comunista norteamericano, sin pertenecer al partido, o la causa antifascista española, labora bajo el temor a que los nazis, primero, y los rusos, después, consigan crear la bomba antes que los norteamericanos, y finalmente, lamenta la muerte y el sufrimiento causados por su invención.

El relato, con brevedad, suele detenerse en las cuestiones amorosas del protagonista.

 

Mención especial a la prestación de Cillian Murphy como Oppenheimer, pues soporta buena parte del peso dramático del largometraje, eso sí, apoyado por Robert Downey Jr. como Lewis Strauss, presidente de la Comisión de la Energía Atómica de EE UU, molesto con la toma de conciencia de Oppenheimer tras las deflagraciones de Hiroshima y Nagasaki, quien somete a este a un juicio inquisitorial deudor de la caza de brujas macartista.
También cabe mencionar a un inesperadamente sobrio Matt Damon como el teniente general Leslie Groves, militar al cargo del Proyecto Manhattan, que embarca al científico en la empresa de desarrollar la bomba en el desierto de Los Álamos, Nuevo México, y la poco aprovechada –por extensión del papelFlorence Pugh como la psiquiatra Jean Tatlock, miembro del Partido Comunista de los EE UU, amante del físico judio, quien termina suicidándose tras su abandono. Tom Conti en el papel episódico de Albert Einstein aporta misterio a una película que escamotea el contenido de su conversación con Oppenheimer hasta la parte final.
Evito deliberadamente nombrar a Emily Blunt, irritante en el rol de la bióloga y sufrida esposa Kitty Puening/Oppenheimer, comunista arrepentida.

Simplificando mucho, existen dos tipos de películas en verdad antagónicas. Por un lado, las de cámara y, por otro, las de personajes.

 

Para que nos entendamos, el cine hitchcokiano pertenecería al primer apartado. El cine de cámara –como nos demostró Alfred Hitchcock– sin dejar de lado a los personajes, sublima la puesta en imágenes. El caso contrario lo hallaríamos en cineastas tales como Ron Howard y, entre otras, la magnífica Una mente maravillosa (2001), con Russell Crowe y Jennifer Connelly, opus que me vino a la cabeza varias veces mientras visionaba Oppenheimer. No porque guarden similar estructura, ni siquiera intenciones. Suponen dos destacables esfuerzos por tratar personalidades analíticas que sobresalen en su entorno, potenciando la labor interpretativa sobre el arte secuencial.

El único elemento visual distintivo en Oppenheimer son los insertos de átomos o partículas diversas que, en la introducción y a fuerza de repetirse, resultan molestos.

El resto del metraje lo componen planos que en nada destacan entre la producción coetánea.

Y mucho menos el típico, lentísimo zoom frontal de acercamiento. La narrativa visual, de todas formas, expresada en un largo flashback o, si así quiere verse, dos líneas temporales que terminan confluyendo –la del «presente», con el juicio a Oppenheimer, en blanco y negro, y la que relata su vida y obra, en color-, se muestra siempre funcional, ajustada al devenir de los personajes en el seno de las escenas.
Nolan, ya lo hemos avanzado, hace descansar el relato sobre las espaldas del reparto, seguro de la fuerza que su libreto puede alcanzar disponiendo de intérpretes eficaces que sepan leer acertadamente sus líneas y sumirse en los vaivenes de los personajes, consiguiendo un filme denso e interesante.

Autor Colaborador

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