Maciste en los infiernos de Guido Brignone

La serie silente de intrigas contemporáneas con Maciste-Pagano dio un vuelco gracias a la introducción de esta trama de inspiración dantesca que Brignone supo conducir de manera excepcional. Segundo de Chomón no era precisamente un creador ajeno a la temática y sus diabólicos trucajes encajan como un guante.

Maciste en los infiernos de Guido Brignone
Maciste en los infiernos de Guido Brignone

 

Maciste en los infiernos de Guido Brignone, más conocida por el original italiano Maciste all’inferno es presentada a competición en el Mercado de Milán de 1924 pero se estrena en 1926. Con Bartolomeo Pagano, Pauline Polaire, Elena Sangro, Lucia Zanussi, Franz Sala, Umberto Guarrazzino, Mario Saio, Domenico Serra…

Sometida a restauración en 1993 y, más tarde, en 2009, momento en el cual se incorporan los rótulos originales con tercetos inspirados en los versos de Dante, Maciste en los infiernos de Guido Brignone (o Maciste all’inferno) puede considerarse, a falta de recuperar algunos opus desaparecidos, la pieza maestra de la serie junto a la fundacional Cabiria (ver).
Precisamente en una operación de prestigio similar a la de D’Annunzio con Cabiria, el argumento de Maciste en los infiernos se acredita a Dante Alighieri, tan sólo el autor lírico de quien bebe esta historia; en concreto su Divina Comedia, poema monumental en tres bloques (Purgatorio, Infierno y Cielo) donde el propio Dante es conducido por Virgilio y otros anfitriones a través de fantasmagóricos espacios teológico-metafóricos en busca de su amor idealizado, quien permanece radiante junto al trono celestial. La parte final seráfica es la más empalagosa mientras que las de Purgatorio e Infierno, con sus múltiples capas y suplicios a los residentes resultan en verdad opresivas, ominosas y han ejercido como modelo de inspiración para múltiples ficciones como la adaptación literal L’Inferno (Francesco Bertolini, Giuseppe De Liguoro y Adolfo Padoval, 1911) o el remake que Riccardo Freda ultimó sobre el filme de Pagano.

Pero las influencias de Maciste en los infiernos son variadas y abarcan Fausto de Goethe, la mitología griega y, en lo estético, los lienzos pintados por Goya.

Punto y aparte en el ciclo de Maciste chez Brignone, Maciste all’inferno se desmarca del resto por su adscripción al fantástico, merced al libreto redactado por Fantasio (Riccardo Artuffo), apoyado, como ya hemos dicho, por los efectos de Chomón y también los contrastes fotográficos de Umberto Arata y Massimo Terzano virados a rojo o azul o la escenografía de Giulio Lombardozzi.
La historia arranca con un prólogo donde varios demonios ruedan pendiente abajo. Se estrellan contra el fondo que cede, precipitándose al Averno. Pronto, sobre la superficie y en plano medio identificamos al gigante bueno Maciste (Pagano) fumando pipa, con ropa finisecular y lazo -la vestimenta que hoy día, en un personaje de este tipo, asociaríamos al uniforme de un superhéroe-. Maciste es el terror de los demonios y éstos pronuncian con miedo su nombre en presencia de Plutón (Guarracino), Rey del inframundo, quien decide tomar cartas en el asunto.
La jerarquía infernal (que algunos han asociado al gobierno fascista del Duce) se compone del propio Plutón más Gerione (Sajo), “hábil político y ministro del interior” y Barbariccia (Sala), “lugarteniente de los diablos, insubordinado y ambicioso”, quien pretende sin éxito a la voluptuosa Proserpina (Sangro), “segunda esposa de Plutón y principal causa de los dolores de cabeza del Rey”, el cual se doblega ante su capricho. Antagónica de ésta, la joven Luciferina (Zanussi), “hija del primer matrimonio de Plutón”, luce una dulce sonrisa pícara.
Plutón anhela conseguir, entre otras, el alma del “uomo forte”. Para tal fin, envía a la superficie a Barbariccia. Le acompañan cinco diablos más en busca de víctimas (Chomón los mostrará como un enorme pulpo cuyos tentáculos se ciernen sobre la villa).
Visitamos el campo, entorno bucólico, hogar de Maciste. Cultiva hortalizas en su huerto y admira una col, orgulloso. Por su parte, Graziella (Polaire), vecina de Maciste, riega los rosales del muro de separación subida a una escalera. Maciste descansa tendido al otro lado y se moja. Entra en cólera pero cuando descubre a la causante, su expresión se suaviza. Para regocijo del gigante, Graziella le regala una rosa. La secuencia expresa bien el contraste de caracteres a través de dos elementos: la col y la flor.
Ante la alegría de un grupo de demonios alados que vuelan en círculo, el mítico barquero Caronte conduce a Barbariccia y los otros a la superficie. Una vez allí se transmutan: semejan seres humanos, con chistera, enfundados en capas azabache.
Barbariccia ejerce de Mefistófeles con Maciste. Pero el coloso, un ser tan íntegro como fuerte, no cede a las promesas de oro o mujeres. Así las cosas, el lugarteniente prueba con Graziella, sabedor del afecto inocente que Maciste le profesa. Vuela entre las nubes, provocando una furiosa tormenta que hace trastabillar el caballo del joven pudiente Giorgio (Serra) en la puerta de la chica.
Durante días, la chica lo cura del golpe. Nace un romance. Pero Giorgio la abandona.
El diablo va tras el alma femenina. Maciste lo agarra mas se queda sólo con su capa llameante.
La ragazza tiene un hijo. Barbariccia rapta al bebé, llevándolo al bosque. Maciste rescata a la criatura y obliga al padre a asumir su responsabilidad con la joven y el niño.
El macizo se enfrenta a Barbariccia. Al tratar de atraparlo, cruza un portal interdimensional, materializándose en el Infierno. Comienza así el segundo segmento de la película.

Proserpina entrará en disputa con su hijastra por causa de la admiración que ambas sienten hacia Maciste, quien se enfrenta al ejército de Barbariccia sin titubear.

Tras contemplar como el colosal Lucifer llena sus fauces con un pecador desmembrado, en un monstruoso plano que retrotrae tanto al goyesco “Saturno devorando a sus hijos” como a los fondos pintados de Méliès (a quien Chomón no tenía nada que envidiar), Luciferina muestra al titán el territorio subterráneo, planeando a lomos de un dragón volador.
La chica empatiza con él. Evita besar a Maciste pero la libidinosa Proserpina lo hace, transformándolo en demonio. Pronto, Proserpina lo cubre de atenciones, provocando los celos de Barbariccia. Éste pretende desquitarse iniciando una revuelta contra el Rey. Maciste posee el doble de fuerza como demonio y aborta sin ayuda la rebelión, vencedor sobre montañas de demonios derribados. Ensarta a Barbariccia en hoces que lo inmovilizan a perpetuidad. Plutón, por gratitud, le devuelve su forma humana, permitiéndole volver al exterior. Pero Proserpina se enfurece. Casi a la salida, le tiende una trampa. Lo hace crucificar sobre una pared rocosa, cubierto de mágicos grilletes que simbolizan su amor opresivo. Un beso envenenado vuelve a transformarlo en demonio.
Transcurren las estaciones. La Noche de Navidad, la plegaria del piccolo hijo de Graziella, esposa de Giorgio, obra el milagro pues libera a Maciste de su cautiverio, en un final que tiene mucho de redencionista.
En suma, Maciste en los infiernos compone una obra que arde en la llama de la modernidad por su arrojo al mostrar sin tapujos los placeres y horrores de un Infierno que puede resultar tan fascinante como su reverso idealizado, la campiña idílica, el cielo.

Reseña dedicada a mi abuelo Fernando, quien tanto me haría amar a Maciste.


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