La dolce vita de Federico Fellini- Reseña

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La dolce vita de Fellini llena de magia y enigma la pantalla, un homenaje espontáneo y visceral de un mundo onírico.

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La Dolce Vita
  • La dolce vita de Federico Fellini. 1959. Con Marcello Mastroiani, Anouk Aimée, Anita Ekberg, Yvonne Furneaux, Alain Cuny, Magali Noel, Walter Santesso, Nadia Grey, Lex Barker

 

Tras los éxitos crítico-comerciales consecutivos de La strada y Las noches de Cabiria -ambas con Giulietta Masina encabezando el cartel-, Fellini da un giro a su trayectoria y decide no dirigirla en Fortunella -film cuyo libreto había ultimado junto a Pinelli y Flaiano-. Ello le permite explorar nuevos temas que le conducirán a la puesta a punto de La dolce vita.

Coproducción Italia-Francia
Coproducción Italia-Francia

Nuevamente apoyado por los guionistas Ennio Flaiano y Tullio Pinelli, a los cuales se suma Brunello Rondi, Fellini acomete una trama que ahonda en el personaje del periodista de provincias Marcello Rubini (Mastroiani en su primer trabajo con Fellini). Rubini nace como extensión del Moraldo de Los inútiles pero adquiere personalidad propia en las sucesivas reescrituras de la historia. Labora en Roma para revistas de sociedad, aunque no olvida sus inquietudes literarias. Se mueve como pez en el agua en el ambiente nocturno, medio gracias al cual sobrevive adoptando una postura de distanciamiento crítico, pero en el que se funde cada vez más a costa de ir renunciando a sus aspiraciones artísticas.

 

Abre la película el vuelo diurno de dos helicópteros. El primero de ellos porta en un cable la estatua del Cristo Lavoratore. Ambos se dirigen hacia el Vaticano en una secuencia que expresa por contraste el mestizaje entre la modernidad y el clasicismo, la ciudad contemporánea y la Roma antigua, lo pagano y lo católico, el acueducto Felice y las chicas tomando el sol en la terraza…
Maddalena (Aimée), hija única de millonario, tiene buena relación con Marcello y el capricho de pasar la noche en casa de la prostituta que encuentran. Marcello conduce hasta su domicilio; el suelo está anegado. Maddalena y Marcello ocupan la cama de la meretriz, pues tal vez Maddalena fantasea con sustituirla. Amanece y los amantes se separan. Cuando Marcello llega a casa, descubre que Emma (Furneaux), su pareja, ha sufrido una sobredosis de barbitúricos. La lleva al hospital. La sala de espera ahoga por su frialdad geométrica. La presencia de la monja es más una figura molesta que reconfortante.

La dolce vita de Fellini no abandona nunca la búsqueda de la extrañeza a través de un alucinante desenfreno o el decadentista dibujo de una ciudad de matices.

Si La dolce vita empieza con Cristo planeando sobre la urbe que parece dominar, ahora es la sueca Sylvia (Ekberg), exuberante estrella de cine, quien desciende del cielo en un vuelo comercial. La visita de Sylvia con atuendo seminarista a la cúpula del Vaticano seguida de cerca por el deslumbrado Marcello guarda connotaciones paganas y refuerza la idea de que los nuevos dioses a quienes se rinde culto son los intérpretes cinematográficos, idea que se prolonga en la visita al Club Caracalla situado junto a las Termas homónimas; la velada adquiere los modos estéticos y el fondo de las bacanales romanas –jocosa, la intervención de un Adriano Celentano que toca su guitarra del mismo modo tanto de pié como caído de espaldas-. La conocida zambullida nocturna de Sylvia en la Fontana de Trevi es otra buena muestra de la fascinación que la mujer, en su condición de Venus, despierta en el periodista. Sylvia viene a Italia a rodar un film “histórico” (la Ekberg hacía lo propio como protagonista del interesante péplum Bajo el signo de Roma de Guido Brignone; Fellini se veía condicionado por el calendario de aquel rodaje pero, al mismo tiempo, era buen conocedor del cine de su época, aunque fingiese lo contrario, como el actor de su Toby Dammit, opus sobre un intérprete extranjero trasunto de Poe en Cinecittà). A Sylvia la acompaña su marido, Robert (Barker), quien suma el alcohol a los celos (Lex Barker relevó inconfortablemente a Weismuller como Tarzán, pero encontraría acomodo en Italia con excelentes filmes aventureros a las órdenes de Domenico Paolella o Piero Pierotti).

Marcello cubre la noticia de un falso milagro orquestado alrededor de dos niños: una aparición mariana. Le exaspera tanto el fanatismo ignorante que rodea el encuentro multitudinario como la actitud maternalista de Emma, a quien lleva consigo. La lluvia azota el monte cuajado de ignorantes, plataformas televisivas, focos…

Un punto de inflexión en La dolce vita lo marca el suicidio de Steiner (Cuny; actor de gran parecido con Pier Paolo Pasolini, a quien Fellini recurrió en calidad de guionista para formalizar la orgía final de la película). La velada en la casa donde reside junto a su esposa e hijos supone un respiro en la ajetreada existencia de Marcello a la vez que su última oportunidad para emprender el camino creativo. Emma, cuya escasa cultura la incapacita para integrarse en el entorno, se aferra a esa placidez como pretexto para su enésimo acercamiento afectivo hacia Marcello, quien desearía escribir un libro serio pero no contraer matrimonio. Sin embargo, la admiración que siente hacia Steiner se empañará con la tragedia. Steiner vive una existencia falsamente plácida, atormentado por sonidos que provocan inquietud y silencios demoledores y su equilibrio psicológico pende de un hilo.
Otro día, una bandada de fotógrafos entre los cuales revolotea Paparazzo (Santesso) –chico de confianza de Marcello-, olisqueando la carroña, vuelan en círculo alrededor de la viuda (Renée Longarini), quien sonríe ignorante de que su marido ha asesinado a los niños para terminar por suicidarse.

Tras la fiesta y antes de la tragedia, Marcello se retira a un merendero cercano a la playa para reemprender la escritura de su libro. Allí conoce a la jovencita rubia Paola (Valeria Ciangottini), cuya presencia tranquilizadora reconforta al periodista. El personaje intervendrá enigmáticamente durante el cierre de la cinta.

La vuelta a la nocturnidad se manifiesta con el fugaz regreso paterno. Vía Veneto recibe al maduro padre de Marcello (Annibale Ninchi), quien despierta simpatía en la corista Fanny (Magali Noel). Marcello intenta acercarse afectivamente a un padre que (como sucedió con el propio Fellini) apenas había conocido. Los viajes del comercial fueron el telón de fondo de una vida disfrutada al márgen de su esposa. El segmento se distingue por su tono delicado, por su aire melancólico… La presencia paterna pronto se difumina, fundiéndose en su propio recuerdo.

Tras la fiesta en Bassano di Sutri, demasiado prolija pero que permite a Fellini describir la decadencia fantasmagórica de la aristocracia romana, acontece una dura discusión con Emma en la carretera interminable que parece unir y separar sus vidas.

Luego acontece el suicidio del intelectual Steiner y Marcello, sacudido por los vaivenes de la existencia, se refugia en la villa de Fregene, donde tendrá lugar la orgía que marca su entrega definitiva a un microcosmos de facilidades, tan placentero como mezquino. Otra vez la salida del sol termina con la fiebre que supura entre tinieblas. El grupo humano deambula por el bosquecillo cercano a la playa. Una vez en ella, los pescadores descubren entre sus redes una extraña criatura marina putrefacta. A distancia, Paola, la chica del merendero, hace gestos a Marcello. Pero se hallan muy alejados el uno del otro para entenderse.

El cierre amargo de, La dolce vita de Fellini, acorde con la evolución del fime, pone punto y final a una historia que -magníficamente-, como sucederá muchas veces con Fellini, y bajo la batuta de Nino Rota, nos habla sobre la muerte de un mundo en descomposición.


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