Carta sin acuse a Eastwood

Carta sin acuse. Admirado Eastwood…

 

¿Eres consciente de la corriente de simpatía, respeto y admiración que provocan tus geniales historias que con tanta profesionalidad y pasión llevas a la pantalla? Seguramente si, por que, además de un tipo duro que tiene por corazón un músculo lleno de ternura, también cuentas entre tus muchas virtudes con la de la inteligencia. Te pido disculpas por tomarme la licencia de tutearte, pero he pasado tantas horas contigo y con tus películas que ya te siento como a un viejo amigo. Un amigo de verdad. Uno de esos en los que se puede confiar y a los que acudimos, si no para remediar, al menos para desahogar nuestras penas. O para celebrar alegrías, que, aunque suelen ser menos frecuentes, también nos sorprenden alguna que otra vez. Así que me vas a perdonar si aprovecho la ocasión para sincerar mis sentimientos. Tus películas, te decía, me gustan tanto como puede gustarme un western de Howard Hawks, una comedia de Billy Wilder, una intriga de Alfred Hitchcock o un musical de Stanley Donen y Gene Kelly. Te lo digo con otras palabras, el cine que destila tu lúcido conocimiento cinematográfico y existencial, se coloca en la cima de mis preferencias cinéfilas. En ese pódium imaginario junto a nombres como John Ford, William Wyler o Fritz Lang. Puede que haya a quien no le parezca justo esto que te cuento, pero ya sabes cómo es la vida: lo mejor que podemos hacer es escuchar a nuestro corazón.

Y el mío me dice que te encuentras entre los más grandes.

En estos momentos acabo de terminar de visionar Million Dolar Baby, y, dominado aun por la emoción, con los ojos humedecidos y una tristeza insondable en mi interior, me animo a escribirte estas pocas palabras como muestra sincera de mi gratitud por tantos momentos de buen cine que nos has regalado a lo largo de tu trayectoria artística. ¿Quién podía pensar en aquellos ya lejanos años de tu interpretación de El hombre sin Nombre a las órdenes de Sergio Leone, que esa trilogía del dólar supondría todo un espaldarazo a tu carrera? Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966) son tres títulos hoy míticos que te proporcionaron una gran popularidad y un importante aporte pecuniario. ¿Y quién podía imaginar que años más tarde te convertirías en un director de referencia dentro del vasto panorama cinematográfico? Aunque yo, te tengo considerado un autor: ¿Podría ser de otra manera toda vez que has tenido libertad a la hora de elegir y crear tus proyectos, moldearlos según tu criterio artístico, dirigirlos, interpretarlos y hasta escribir la música de muchos de ellos? Todo ello ha sido posible gracias a ese tremendo éxito de tus colaboraciones en estos Spaghetti Western con el gran Sergio Leone, que te permitieron crear tu propia productora cinematográfica, Malpaso Productions. Desde ese momento, poco a poco fuiste tomando las riendas de tu carrera hasta poder permitirte el lujo de realizar las películas que querías y como tu querías. Que gran suerte para ti y para cualquier cinéfilo que se precie de serlo. Tu popularidad y tu vitola de talento imprescindible del séptimo arte, no ha hecho sino crecer desde entonces. Las diferentes entregas de Harry Callahan, Infierno de cobardes (1973), El fuera de la ley (1976), El jinete pálido (1985), El sargento de hierro (1986) o Bird (1988) han ido jalonando tu buen hacer en la gran pantalla hasta llegar a la que considero tu cumbre creativa: la última década del siglo XX y la primera de este siglo XXI, desde el que intento hacer este ejercicio de reconocimiento y justa gratitud a tu figura. A esta etapa pertenecen títulos como Sin Perdón (1992), Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Mystic River (2003), la ya mencionada Million Dolar Baby (2004), El intercambio (2008) o Gran Torino (2008). ¿No está nada mal, verdad amigo? Durante esta etapa ganaste los principales premios a tu valioso trabajo, entre ellos varios Oscars. Premios que, lógicamente, conoces mejor que yo, así que me voy a evitar aburrirte recordándotelos.

Te voy a confesar una cosa: no he visto todas tus películas, aunque espero poner remedio a esto lo más pronto posible.

En muchas ocasiones me he preguntado si eras mejor actor o director. Es algo difícil de discernir, ya que en ambas disciplinas has logrado un sobresaliente resultado, pero si soy sincero, me parece que tu trabajo como autor, que es lo que ya te he escrito que te considero, supera a tus innegables dotes interpretativas. De tus películas emana una lucidez extraordinaria. Están llenas de amor al cine, de sutileza, de una narrativa clásica, en el mejor sentido de la palabra. Todo está muy cuidado en ellas y tienen un incuestionable apego a lo que podría ser la existencia de cualquiera de nosotros. Vamos, que son como la vida misma. Con su lado amable y su vertiente más triste y desgarradora. Tu obra siempre me ha parecido poseedora de un cierto pesimismo un tanto fatalista. Ahí está, por ejemplo, la dura historia de Frankie Dunn y Maggie Fitzgerald, de la que te hablaba al principio, como perfecto ejemplo de ello. Pero también es cierto que siempre encontramos momentos de redención, de esperanza y hasta de optimismo.

Has sido un enorme director de actores, dando muestra de tu enorme talento, al sacar lo mejor de cada uno de los intérpretes con los que has trabajado. ¿O acaso Kevin Costner, Morgan Freeman, Sean Penn o Angelina Jolie estuvieron alguna vez mejor que cuando fueron dirigidos por ti? Personalmente creo que no, aunque, evidentemente, esto es algo muy subjetivo. Otro aspecto que me apasiona de tu forma de contarnos tus historias es tu maravilloso “tempo” narrativo. Son las tuyas, películas para la contemplación. Con un ritmo pausado, sin prisas, pero alejado de cualquier aburrimiento. Películas para recrearse, para abandonarse en ellas, cogerse de la mano del disfrute y olvidarse de nuestros problemas mundanos. Ese es el secreto de los grandes contadores de historias y tú, apreciado Clint, eres poseedor de este don. Casi siempre has pasado por un tipo duro, pero en realidad, la ternura y el cariño son otras de tus cualidades humanas: ¿Podría ser de otra forma después de haber rodado ese templo del romanticismo cinematográfico que es Los Puentes de Madison? No sabría decirte cual es la película tuya que más me gusta. Hay demasiadas candidatas para ocupar este pódium de mis gustos particulares. Probablemente sea un ejercicio imposible de llevar a cabo por mi parte. Pero te voy a contar algo. Un mundo perfecto me parece un prodigio. Una absoluta maravilla que me tiene robado el corazón. Un canto a la libertad y a la alegría de vivir maravilloso. Y un ataque furibundo a la hipocresía humana.

Y me da la impresión de que es una de tus obras que más infravalorada está.

Carta sin acuse a Eastwood
Carta sin acuse a Eastwood

En fin, me pasaría horas hablándote y contándote los maravillosos momentos que me has proporcionado con tus películas. Pero comprendo perfectamente que, a pesar de estar cercana la fecha de tu noventa cumpleaños, eres una persona tremendamente activa y ocupada. Quizás estás trabajando en un nuevo proyecto. ¡Cuánta ilusión me haría esto¡ Así que no te robo más tiempo con todas estas consideraciones que, con toda seguridad te están produciendo un lógico aburrimiento. Mi principal motivación era que supieras de primera mano la gran estima que te tengo. A ti y a tus películas. Gracias a ellas me he reído, he llorado, he sentido un nudo en el estómago, me he asomado al interior de mi alma, y he crecido emocional e intelectualmente. Prometo escribirte en alguna otra ocasión y tratar de contarte cosas más interesantes.

Recibe un cariñoso saludo de un ferviente admirador.

PS : ¡Anda, alégrame el día ¡


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