La Trilogía de Drácula de TERENCE FISHER
LA TRILOGÍA DE DRÁCULA DE TERENCE FISHER
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La Trilogía de Drácula de TERENCE FISHER. Habida cuenta del panorama cinematográfico actual en materia fantástico-terrorífica, conviene recuperar títulos de vez en cuando de la archiconocida productora británica Hammer Films.

No sólo sus interpretaciones resultan exquisitas y su libreto (redactado por Jimmy Sangster) y realización modélicos, a decir verdad, todas las piezas del engranaje fílmico se hallan bien engrasadas y giran con eficacia sobre sí mismas gracias a los departamentos creativos implicados en su correcto funcionamiento.

La Trilogía de Drácula de TERENCE FISHER en el concepto-base de Drácula prioriza establecer la figura del vampiro a la manera de liberador sexual en un contexto represivo regido por férreas normas conductuales emitidas desde la sociedad castrante y auspiciadas por estandartes de la decencia y la religiosidad a ultranza como el Pr. Van Helsing, figura arquetípica excelentemente incorporada por Peter Cushing, actor capaz de concretar múltiples sugerencias con recursos expresivos de fina elegancia. Recordemos que es la devota espisa victoriana (Melissa Stribling) quien -bajo el influjo del Conde Drácula encarnado por el imponente Chistopher Lee– se entrega cada noche al placer de un extraño (el propio Conde), obteniendo satisfacción con la progresiva vampirización a la cual es sometida para, a la mañana siguiente, cubrir pudorosamente con auxilio de un pañuelo los signos adulteros marcados en su cuello.
Aún más: La dama esconderá en el sótano del hogar conyugal el ataúd de su amante de ultratumba para ponerlo a resguardo y facilitar así la mordedura del no-muerto.
El rostro de Van Helsing al percatarse de que la amenaza a la sagrada institución familiar y, por extensión, a la sociedad bienpensante ha arraigado entre las paredes de aquella casa católica, morando en el sótano uterino donde el «vampire lover» se refugia de las amenazas externas supone todo un poema. Por cierto, el astro diurno, dejando al descubierto los vicios privados, inconfesables, ocultos entre las sombras, ejercerá durante el clímax en el castillo al que Dr. retorna con la esperanza de refugiarse, como verdugo del seductor vampiro, exteriorizando con la quemazón de sus rayos esa podredumbre interna que brota del amoral, parasitario, egoísta, mezquino ser en su necesidad perentoria por nutrirse de la hembra a costa de arruinar su vida y condenar su alma inmortal.
Me hallo entre quienes sitúan Las Novias de Drácula (Fisher, 1960) en el seno de la serie Hammer sobre el archiconocido Conde. Y, más concretamente, componiendo la segunda pieza maestra de la memorable trilogía que le dedicara Fisher.

Se puede argumentar contra tal aseveración -no sin falta de razón por parte de quien lo arguye- que Dr. no comparece en los fotogramas de este filme. No obstante, sí lo hace el avispado Pr. Van Helsing cuyas actividades prolongan las pesquisas que llevara a cabo en Drácula. El personaje (de nuevo, Cushing) ejerce como nexo entre ambas ficciones alejando, además, Las Novias de Drácula del tono e intenciones esgrimidos por las revisionistas KISS OF THE VAMPIRE, KRONOS VAMPIRE HUNTER o la obra decadente VAMPIRE CIRCUS, por poner tres ejemplos hammerianos de sobra conocidos.
Ya hemos avanzado que, si bien comparece Van Helsing, su antagonista no será Dr. sino un seguidor de su macabra obra: el joven Barón Meinster (David Peel). Meinster semeja, en su rubia apostura, el Príncipe azul de los cuentos infantiles; esto no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que el propio Fisher denominaba a sus opus fantásticos «cuentos de hadas para adultos». Por otro lado, no se halla lejos del monarca protagonista de la trilogía Sissi, semejando al mismo tiempo su reverso pervertido.
Así pues, doble moral mediante, Meinster enamora a las damitas con la misma habilidad que emplea para atraerlas hacia sí y vampirizarlas. Pero no sólo las doncellas caen víctimas del sujeto. Meinster morderá a su propia madre (Martita Hunt) e incluso al propio Van Helsing, lo cual permite que la raíz sexual del vampirismo, en este título, se nutra de incesto y homosexualidad; también en su variante lésbica, vista la atracción de una nueva vampira hacia su ex-compañera de trabajo.
En Drácula, Principe de las Tinieblas (Fisher, 1965), el latido de lo macabro favorece un hálito purulento que lo impregna todo en La Trilogía de Drácula de TERENCE FISHER

Aún arrancando el filme con el Conde (un Lee de impresión) reducido a cenizas, su influencia se intuye, primero, en el supersticioso funeral en Los Cárpatos (bajo los acordes melancólicos de James Bernard, compositor omnipresente en la serie con la salvedad de los «aggiornamentos» DRÁCULA 73 y LOS RITOS SATÁNICOS DE DR. y que la sellaría con la coda orientalizante KUNG-FU CONTRA LOS 7 VAMPIROS DE ORO) y segundo, durante la travesía que emprenden las dos parejas protagonistas, a través de signos reconocibles: el miedo de los supersticiosos lugareños, las advertencias del Padre Sandor (un eficaz sustituto de Van Helsing, Andrew Keir), los bosques interminables que atraviesan las parejas, el carruaje a modo de engañosa invitación, Klove, fiel sirviente de Dr. o el propio castillo del vampiro, donde el mayordomo les hospeda con intenciones aviesas…
Precisamente, el castillo interviene en la trama como un protagonista más. Las panorámicas y los lentos travellings por sus corredores en semipenumbra dan vida a las arterias por las cuales vagan los personajes facilitando u obteniendo la muerte. La muerte o un destino peor que ella.
Es la cámara, pues, con sus deslizamientos milimétricos, la que provee de vida a la morada espectral. Nos hallamos ante una de las películas más elegantemente construidas por Fisher. Una obra maestra de la cinematografía.
El mito de Jekyll/Hyde tiene gran semblanza con la transformación que sufre el personaje de Barbara Shelley. Y ello, a través de la sensualidad desbordante.

Dr. vampiriza a la mujer, cónyuge puritana, recatada, miedosa: en suma, débil de carácter, tornándola una vampira atrayente, voluptuosa, liberada de tabúes, abierta en toda su esplendorosa feminidad. Shelley hace creíble la metamorfosis con pasmosa facilidad y Fisher conduce al personaje de manera tan erotizante como al Hyde de su incomprendida LAS DOS CARAS DEL DR. JEKYLL.Por su parte, Lee compone un animalesco Dr. sin diálogos, fuerza de la naturaleza nocturna, ser mortífero ávido por atravesar con sus caninos erectos la yugular de su hembra predilecta (Susan Farmer), a quien ofrece en singular «fellatio» la sangre que mana de su herida pectoral, como recoge la novela escrita por Stoker.
El murciélago antropomórfico Dr. cubierto por su capa azabache deviene figura de estilo y motor del relato dinamizado por una vertiginosa persecución que concluye en la superficie congelada de un lago.