Ben-Hur de Fred Niblo, 1925

Ben_Hur

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Ben-Hur de Fred Niblo, 1925, superproducción de la recien creada Metro Goldwyn Mayer; compone un espectáculo épico de transfondo bíblico que abraza el dramatismo en su retrato cruel de la tiranía y el subsiguiente camino hacia la liberación redencionista.

 

 

Ben-Hur de Fred Niblo, 1925
Ben-Hur de Fred Niblo, 1925

Ben-Hur de Fred Niblo -1925. Con Ramon Novarro, Francis X. Bushman, May MacAvoy, Betty Bronson, Claire McDowell, Kathleen Key, Carmel Myers y Nigel De Brulier.

El arte secuencial, en Ben-Hur de Fred Niblo, 1925 , sirve bien a la historia que describe (basada en la adaptación teatral del original literario de Lew Wallace) pero también confiere a las estilizadas imágenes una importante carga épica y melodramática. Las secuencias intimistas, a su vez, van recubiertas por una sencilla belleza que las torna frágiles. Delicadas, sí, como la paloma que escapa entre las manos de la rubia Esther (McAvoy), hija de Simónides (De Brulier), esclavo sólo de nombre y fiel a la familia Hur, en su primer encuentro con el Príncipe Judá Ben-Hur (el latin lover, Ramón Novarro, a un paso por detrás de Rodolfo Valentino en popularidad); las calles de Jerusalén son testigo del encuentro, materializado en una escena ligera de aire galante. En ese contexto, la presentación de Judá resulta ejemplar. Niblo nos lo ofrece de espaldas, en plano medio, despertando enseguida el interés del espectador. Cuando se gira y empieza a caminar, la cámara sigue su trayecto en travelling frontal de retroceso.

Soluciones visuales de este tipo contradicen el tópico crítico que define Ben-Hur de Fred Niblo como un gran espectáculo desprovisto de genio artístico. Precisamente en la estilización y dinamización de sus imágenes encontramos el marco perfecto para la historia que relata.

Las aventuras y desventuras de Judá caminan en paralelo al ciclo vital de Jesucristo. El contraste entre las brutalidades y la belicidad romana que Judá debe asumir para sobrevivir y derrotar a su antiguo amigo de infancia, Messala (Bushman), fanático de la dominación imperial, y la amarga sombra de una plácida existencia familiar obtienen su contrapunto en las apariciones de Jesús y la piedad renovada de los Hur.

La cinta de Fred Niblo no sistematiza su entraña con la mostración regocijante del pecado, a la manera de Cecil B. DeMille. 

Sin embargo, en la sensualidad se haya bien presente. El deseo de Judá hacia la espía semidesnuda de Messala, Irás (Myers) –tras ser adoptado por el comandante Quinto Arrio (Frank Currier) a quien salva de ahogarse en una trepidante batalla naval- rebosa fisicidad. La seducción de Irás se vehicula con un juego de palabras que habla de asilvestramiento. Cuando contempla los níveos corceles del jeque Ilderim, susurra al jinete Ben-Hur, mientras lo devora con la mirada: “¡Ojos centelleantes y cuerpos blancos como la leche! ¡Belleza para ser domada! ¿No te estremece?” Sin embargo, el encuentro se frustra porque el deseo de venganza y la moral judia nublan la mente de Judá.
A menudo, Niblo asocia la desnudez al martirio y la crueldad. Citemos, sin ir más lejos, el torso de Ben-Hur quemado por el sol del desierto en su periplo como cautivo o flexionado a los remos durante la condena a galeras. Pero también conviene citar el busto femenino descubierto, al ser desgarrado el vestido que lo cubre, por los soldados de Jerusalén o el joven galeote atado desnudo y visto por la espalda, con los brazos en forma de cruz bajo la nave de Quinto Arrio.
Fotograma de la película
Fotograma de la película
Niblo se apoya en un reparto exquisito más también en el modélico guión, obra de Bess Meredyth y Carey Wilson. La adecuada visualización que obtiene cada episodio reposa sobre la dirección artística del luego popular Cedric Gibbons, y de Horace Jackson, tanto como en el equipo fotográfico encabezado por René Guissart.
Ben-Hur de Fred Niblo, 1925, todos los decorados, por ejemplo, los de Jerusalén, los del Circo romano o el valle de los leprososlugar donde recaban la madre y la hermana del protagonista tras padecer años de inmunda prisión por orden de Messala-, se presentan magníficos.

La breve secuencia de la Natividad fue rodada en technicolor bicromo por el pintor Ferdinand P. Earle. Los otros momentos bíblicos reciben igual tratamiento.

El equipo de Percy Hilburn -entre cuyos miembros se hallaba William Wyler, realizador del film protagonizada por Charlton Heston– rodó la carrera de cuadrigas, punto de inflexión y clímax donde se dirime la rivalidad entre Judá y Messala. La liza posee gran vistosidad, dinamismo, y está compuesta por planos de conjunto, medios y generales en elegantes travellings acompañados por panorámicas.
Epopeya de gran éxito de su época, cuyo elevado, abusivo pago de derechos a los propietarios teatrales (la mitad de los ingresos) relativizó sus beneficios, puede disfrutarse hoy sin miedo a las comparaciones con la versión wyleriana, a la cual puede mirar de frente.
Dedico la reseña a mi abuelo materno, Fernando Valls, quien tanto amaba este film. Fernando asistió a su estreno barcelonés, aguantando colas que abarcaban varias calles. Durante la sesión, un especialista imitaba los sonidos de los cascos de los caballos. 

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