Sin tiempo para morir – Reseña Cine

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Josep Ferran Valls

Con SIN TIEMPO PARA MORIR,  el actor Daniel Craig da el cerrojazo final a su inconfortable etapa como 007. La imposibilidad de continuar a partir de ahí abre la puerta a un reinicio que esperamos con interés.

 

 

sin tiempo reseña cine

 

TIEMPO PARA MORIR (Cary Joji Fukunaga, 2021). Reino Unido/EE UU. Con Daniel Craig, Rami Malek, Lashana Lynch, Lea Seydoux, Naomie Harris, Ana de Armas, Ben Whishaw, Ralph Fiennes, Billy Magnussen, Jeffrey Wright, Christoph Waltz…

 

Crítica con «spoilers».

 

Interesantísima desde un punto de vista sociológico, relevante en el seno de la serie 007, supone el broche final por parte del intérprete Daniel Craig a su etapa como el agente del servicio secreto británico James Bond, personaje al que ha dado vida de forma pasiva, sin ningún interés aparente, es decir, sin ironía, sin juego de seducción, sin tirantez sexual, procurando desproveerlo de sus características más controvertidas, incluida su ambigüedad moral e ideológica, para transformarlo en: acróbata circense, modelo de pasarela con mucho gimnasio y el botón de la chaqueta a punto de reventar o -en CASINO ROYALE (Id., Martin Campbell, 2006)- bañista musculado emergiendo del mar, en la playa, cual Ursula Andress en 007 CONTRA EL DR. NO (Dr. No, Terence Young, 1962), puesto que –digámoslo ya-, Craig no resulta creíble como Bond pero sí como «chico Bond«.

Producto de su época, como lo fueron las encarnaciones de Connery, Lazenby, Moore, Dalton y Brosnan, el Bond de Craig no puede resultar más coherente. Tal vez en ello radique esa positiva acogida por parte del aficionado y su subsiguiente éxito comercial.

 

CASINO ROYALE aparece durante la moda de las precuelas, con la excelente idea de adaptar la novela homónima de Fleming –solo llevada al cine en una comedia psicodélica de escaso interés-, traicionándola en lo esencial. Ya en la secuencia introductoria se nos presenta a 007 como un vulgar asesino a sangre fría. La tragedia sentimental que le sacude racionaliza su misoginia.
En QUANTUM OF SOLACE (Id., Marc Forster, 2008), el ciclo renuncia a su propio estilo visual para revestirse con el cariz fragmentario/sincopado que hizo las delicias del público en la, por entonces, popular trilogía sobre otro agente llamado Jason Bourne. La traición a la propia naturaleza marca el nivel más bajo de la serie Bond.
SKYFALL (Id., Sam Mendes, 2012) intenta encauzar el rumbo perdido. Lo consigue, sin embargo, sacrificando la credibilidad de personajes y situaciones, en una ficción dominada por el estrambótico villano servido por Javier Bardem.
SPECTRE (Id., Sam Mendes, 2015), pese a su mediocridad, despierta mayor simpatía por la depuración que ha conseguido el personaje en manos de Craig, llevado por completo a su terreno, con la renuncia de los guionistas a redactar secuencias donde el actor intente mostrarse seductor.
SIN TIEMPO PARA MORIR, por su parte, responde en todo a lo que puede esperarse de este final de ciclo. Tal vez Sam Mendes, realizador de las dos anteriores entregas, hubiera hilvanado mejor que Fukunaga las costuras del relato fílmico. Sin embargo, a esas alturas, la serie se hallaba tan fuertemente codificada tanto en forma como contenido que, en términos generales, los realizadores que laboraban para ella, sujetos a las virtudes y los vicios del cine norteamericano de gran estudio, eran intercambiables.
La apertura del filme, ridícula por lo rebuscado de sus momentos de acción (otra constante de este ciclo), introduce también el tono melodramático que -metido con calzador por la escasa complicidad entre los integrantes de la pareja protagonista, a cual más soso-, busca inspiración en otro Bond de trazo trágico, el de AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD (On Her Majesty’s Secret Service, Peter Hunt, 1969) -con aquella inesperada viudedad-, adoptando como leitmotiv su canción principal, «All the time in the world«, por Louis Armstrong. Ni siquiera en eso, SIN TIEMPO PARA MORIR resulta original.
En ausencia de Bond -retirado del servicio activo antes de ser atacado nuevamente por la asociación criminal SPECTRE-, M (Fiennes) le ha sustituido (signo de los tiempos) por Nomi, una empoderada mujer de raza negra (Lynch) que, al encontrarse frente a él, presume de haber adquirido el número 007. Este personaje puede entenderse como un guiño a las nuevas generaciones, mas su perfil prepotente busca reforzar nuestra empatía con Bond, reafirmar su preponderancia. Finalmente, de cara al público, la conciliación entre ambos dignifica a la agente, quien cede a su predecesor el «codiciado» número, acto solo entendible desde una óptica mítica.
Si bien el interrogatorio del recluso Ernst Stavro Blofeld (Waltz), líder de SPECTRE, por parte de 007, planificado como un enfrentamiento entre antagonistas, destaca del conjunto por su intensidad, gracias a la excelente calidad interpretativa de Waltz, Safin (Malek), su sucesor a la cabeza de SPECTRE, carece de carisma, incumpliendo la máxima de Hitchcock: «cuanto mejor sea el malo, mejor será la película«. La expresión dura y la corpulencia de Bond contrasta con la cara picada del mequetréfico Safin. 
La muerte de Felix Leiter (Wright), perteneciente a la CIA, amigo íntimo de James Bond, tan caprichosa como la del propio 007, por arbitraria, pues no se muestra necesaria, ni siquiera roza el dramatismo de LICENCIA PARA MATAR (Licence to Kill, John Glen, 1989), donde los tiburones devoraban las piernas de Leiter (David Hedison).
Durante el clímax, Bond descubre que concibió una niña (Lisa-Dora Sonnet) junto a su antigua pareja, Madeleine (Seydoux), pese a que esta lo niegue sin que se nos explique ni entendamos bien la razón. Que salve la vida a esa mujer a quien rechazó hace años al creerse traicionado y a una chiquilla que no conoce, para perder la suya tras verse infectado por nanobots y atrapado en la base de SPECTRE, carece de aliento trágico por la débil ligazón establecida entre los tres personajes.
La pasividad de M ante el inminente ataque (de fuego amigo) a la base o la incapacidad de retrasarlo para dar tiempo a Bond a escapar cierra cualquier esperanza de salvación y curación (que no la hay). El propio Bond permanece inmóvil esperando el impacto. Está claro que el doble cero «debe» morir, del mismo modo que en el resto de ficciones «debía» salvarse.

En cualquier caso, todo hay que decirlo, el regocijo de contemplar como este agente inexpresivo con cara de cemento recibe de lleno el impacto de un misil no compensa el tedio que nos acompaña durante dos horas y cuarenta y tres minutos.

Autor Colaborador

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