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Josep Ferran Valls
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Nosferatu, el vampiro (1922) – Reseña Cine

En el centenario de Nosferatu, el vampiro, queremos rendir homenaje a esta obra maestra del cine fantástico alemán.

 

Nosferatu, el vampiro es una adaptación no oficial de la novela «Drácula» (1897) de Bram Stoker, filme muy libre en todos los sentidos, estandarte de la modernidad, aún hoy día, cuando infinidad de películas nacen casi sin aliento ni vigor, iguales a decenas de sus semejantes.

Nosferatu. Película de culto.

 

 

Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens). F. W. Murnau, 1922, Alemania. Con Max Schreck, Gustav Von Wangenheim, Greta Schoder, Alexander Granach, Georg H. Schnell, Ruth Landshoff, John Gottowt, Gustav Gotz…
Esta muestra de los terrores cinematográficos creados durante la República de Weimar, próxima en el tiempo mas alejada -con una salvedad que luego trataremos- de los intereses expresionistas que animan otra pesadilla en celuloide como El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet der Dr. Caligari, Robert Wiene, 1919), se muestra limítrofe, en cambio, con El Golem (Der Golem wie er in die Welt Cam, Paul Wegener y Paul Boesse, 1920) -escrita, como Nosferatu, el vampiro, por Henrik Galeen, aunque con el concurso de Wegener-, pues manifiesta el terrible advenimiento de lo antiguo -o remoto- oculto y la debilidad de lo inhumano ante la pureza.

La película, localizada en 1838, expresa de forma romanticista la dicotomia entre los conceptos abstractos de El Bien y El Mal (aquí personificados, en términos absolutos, mediante la figura de la mujer virtuosa y la del bebedor de sangre), conceptos entendidos desde el maniqueísmo religioso.

La joven Ellen (Schoder), esposa de Hutter (Von Wangenheim), agente inmobiliario risueño, inmaduro, amigo de la aventura, significa la feminidad fortalecida por el amor, guiada por la inteligencia, la intuición, de carácter afectuoso aunque resolutivo. Mujer nada complaciente, sensible ante lo oculto, como expresa bien su súbito sonambulismo, percibe el Mal que se abate sobre el destino del matrimonio, o sea, el conde vampiro Orlok (Schreck), sacrificándose para terminar con él.

La película no depende de héroes armados con crucifijos o estacas para hacer frente a El Mal. Ni siquiera el «paracelsiano» Dr. Bulwer, trasunto del Van Helsing de la novela, resulta relevante, pues su protagonismo deviene secundario. 

Los esposos pertenecen a la plácida Wisborg mientras que Orlok, fruta ponzoñosa que reposa sobre la tierra corrompida, tiene su morada en lo más profundo de Transilvania. El relicario de Hutter, con la imagen fantasmática de Ellen grabada sobre el papel, determinará el acercamiento del conde a Wisborg.
Ellen se define muy bien a través de sus acciones… El marido arranca unas flores del jardín para obsequiar a su amada. Cuando esta las recibe, se lamenta de que hayan perdido la vida. Más adelante, durante la prolongada ausencia del marido, en Los Cárpatos, languidece en el banco de la playa azotada por el viento y aguijoneada por cruces, que hace las veces de cementerio, oteando el horizonte marítimo. Cuando la pareja de hermanos que la acoge le entrega la misiva de Hutter que tanto ansía recibir, sus ojos recobran el brillo. A medida que sus amigos, por sugerencia de Ellen, leen la carta en voz alta, el inicial disfrute de la señora de Hutter deja paso a la inquietud, pues deduce la verdad que se esconde tras las ingenuas líneas redactadas por su esposo: la diferencia de carácter entre el marido y la mujer se hace patente con la certeza de Ellen, víctima de un estremecimiento premonitorio. Ya habíamos presenciado la escritura de esas letras, en la quietud diurna, solariega, del mirador del castillo perteneciente a Orlok. El joven se refería a la plaga de mosquitos, a las picaduras en su cuello, muy juntas, con su habitual sonrisa despreocupada. Ellen, en cambio ve más allá, presintiendo la mordedura del vampiro.

Ellen y Hutter formalizan la unión, cada cual a su modo, de bondades diferentes aunque complementarias. Sin embargo, no todo ejemplifica El Bien en Wisborg.

El patrón de Hutter, el rechoncho Knock (Granach) -cuyo apelativo semeja la onomatopeya de un golpe- pertenece por derecho propio a la tradición germana de villanos tocados por la demencia. Tiene mucho en común con Caligari, incluso podría asegurarse que comparten mobiliario. Recordemos que, en el filme de Wiene, la elevación y distorsión del escritorio de un funcionario público (aunque, allí, también la de todo elemento arquitectónico o del mismo entorno) exponía el punto de vista de un alienado. Sin embargo, como ya apuntábamos más arriba, el personaje recoge el aura misticista de El Golem, pues Knock anhela atraer a Orlok a Wisborg mientras hojea un manuscrito con extraños signos de carácter esotérico. Para dicha tarea, encomienda a su empleado el viaje a Transilvania, con la misión de vender a Orlok un caserón ruinoso frente a la residencia de los Hutter y el incentivo de pingües beneficios económicos. Entretanto, Knock termina desquiciado por completo, devorando insectos como Renfield, su homólogo en la novela, interno en un psiquiátrico, fugado y perseguido por la turba.
Nosferatu, una obra maestra del cine mudo.

A menudo se ha conjeturado con que Max Schreck, actor alemán de formación teatral, no existiera realmente o que solo interpretase este título. Schreck, nacido en 1879, participó en producciones de cine silente como la adaptación de la obra teatral El alcalde de Zalamea (1651) de Calderón de la Barca, Der Richter von Zalamea (Lugwig Berger, 1920).

Bajo la tutela de Murnau, encarna a un cadáver ambulante de aspecto mortecino: pálido, calvo, ojeroso, con nariz aguileña, afilados incisivos, cejas, uñas y orejas bien estiradas, enjuto. Un físico distinto, en lo esencial, al Drácula que describe Stoker en su novela. Pero, ¿acaso ejercen fidelidad al espíritu literario las adaptaciones donde se respeta más escrupulosamente la descripción original del personaje? Ni El Conde Drácula (Nachts wenn Dracula erwacht, Jess Franco, 1970), ni la vampirización de su rodaje, CuadecucVampir (Pere Portabella, 1971), ni Drácula de Bram Stoker (Bram Stoker’s Dracula, Francis Ford Coppola, 1992), suma sarcástica de influencias ajenas, satisfacen ese anhelo. 
Nosferatu
Orlok domina la noche, descansando sobre la purulencia del sarcófago durante el día; luego veremos que su figura, equívocamente, se asocia a la peste, esto permite entender el vampirismo, la muerte por pérdida de sangre, como una plaga. Tras dejar a Hutter, exhausto, en el castillo -del cual conseguirá huir-, aniquila lentamente, en alta mar, a la tripulación del velero Empusa, navío que traslada, sin saberlo, al no-muerto junto a cajas repletas de ratas y tierra maldita por Dios. El bajel fantasma se desliza, cruza el puerto de Wisborg gracias a la inercia o el dominio de fuerzas de ultratumba, atracando y liberando su carga mortífera. El no-muerto, con el ataúd bajo el brazo, deambula por la urbe en tinieblas. De igual modo, cual Caronte, atraviesa un río en barca para llegar a su propiedad, el edificio ruinoso situado frente al hogar de la pareja protagonista.
La Gran Muerte que propicia el espantoso ser se extiende por la ciudad. Ellen, gracias al tratado sobre vampirismo que Hutter trae consigo desde Transilvania, toma plena conciencia de la amenaza, averiguando la forma de eliminarla. Decidirá retener junto a ella, esa misma noche, al no-muerto, haciéndole olvidar el canto del gallo. Podríamos afirmar que se deshace de la bondad y acoge El Mal, única forma de ponerle fin: en términos literales, finge encontrarse enferma, solicita el auxilio de Bulwer, para alejar a su esposo y, así, atraer al conde. 
Convertido en sombra, Nosferatu asciende las escaleras del edificio, extiende su mano hacia el pomo de la puerta… Del mismo modo que se abatió sobre Hutter en el castillo, ahora lo hace con su esposa. La garra de Orlok-sombra atenaza el corazón de la mujer. Hecho carne nuevamente, el vampiro sorbe la sangre de la yugular femenina. Al fin, el gallo marca la hora convenida para ultimar la destrucción de fuerzas opuestas. Orlok, enfebrecido con la posesión de la hembra, se desintegra merced a los primeros rayos diurnos. 
Como era de esperar, como exige la lógica del cuento, Hutter llega demasiado tarde con la ayuda. Ellen fallece desangrada en sus brazos. La verdadera batalla ya ha tenido lugar, dejando tan solo los restos del combate.
En Los Cárpatos, el castillo maldito se reduce a escombros.

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