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Caye Casas emplea un mueble tan feo como la lámpara maldita de «La fuga del mal» («Amityville 4», Sandor Stern, 1989) para levantar en derredor suyo el relato entre áspero y futilmente amargo que ha movilizado a parte del fandom español amante del terror patrio.
LA MESITA DEL COMEDOR (Caye Casas, 2022, España). Con Josep Riera, David Pareja, Estefanía de los Santos, Claudia Riera.
Con el subtítulo de «una cruel película«, declaración de intenciones que no se ajusta a los resultados, más cercanos al gran guiñol o al esperpento, género español por antonomasia –aunque el humor, si reside en el seno de este filme deslavazado, se transfigura en patetismo macabro-, «La mesita del comedor» pasó desapercibida en el momento de su lanzamiento. Nada que objetar al rescate de títulos invisibles; existen tantas películas excelentes que no llaman la atención del gran público como mediocridades entronizadas sin méritos propios. Por desgracia no nos encontramos frente al primer ejemplo.
Las palabras del maduro Stephen King ha influido en la mayor visibilidad del largometraje.
Al famoso escritor de Maine le ha parecido divertido a fuerza de caer en lo grotesco. Puedo coincidir en el calificativo «grotesco» pero no en el de «divertido«, salvo que se valore el humorismo involuntario pues nada hay peor que pretender impactar y provocar regocijo.
El sopor acompaña el visionado de «La mesita del comedor» por el cúmulo de atropelladas incidencias sin la menor credibilidad.
La historia convierte la pérdida accidental de la vida infantil en un exasperante, por dilatado y fallido, relato seudo-dramático donde la premisa es objeto de un tratamiento sensacional al servicio del vacío absoluto. No ayuda al filme ocultar los detalles del accidente -sucedido, como resulta lógico, en off visual y nunca aclarado de forma plausible-; dicha ocultación se destina a retrasar todo lo posible –a costa de la pérdida de credibilidad– la ingenua sorpresa final. Tampoco la cita a la Pasión crística que, desde luego, no es asimilable al carácter del padre protagonista encaja en la trama.
La relación marital se supedita a lo retorcido del libreto, nunca al lógico comportamiento de padres primerizos, por mucho que discutan sobre necedades.
La dirección de intérpretes, encomiable, incluye, sin embargo, en el montaje definitivo algún plano donde se aprecian fallos en el recitado de frases. Los diálogos, acorde con el tono del filme, no se ajustan a necesidades expresivas, se usan de manera falsa o forzada para epatar. A menudo tenemos la sensación de que el autor carece de discurso pero debe rellenar el metraje alargando un sketch o chiste de humor negro, broma pesada sin asidero dramático coherente.
«La mesita del comedor», por su condición de juguete sin trascendencia no pasará a los anales del cine español.
En lo visual, las secuencias se nutren con efectismos como la sistematización de planos de detalle que buscan crispar mas solo provocan rechazo por saturación. También los socorridos primerísimos primer planos intentan insuflar el dramatismo del que el relato anda huérfano.
«La mesita del comedor» forma parte de la corriente cinematográfica caracterizada por intentar forzar la mirada del espectador.
Filmes así no buscan relatar historias ni construir personajes sino sacrificarlo todo para provocar impacto, lograr el desequilibrio en el ánimo del mejor predispuesto.

