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Josep Ferran Valls
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El exorcista: creyente – Reseña Cine

De un tiempo a esta parte, el cine estadounidense de gran estudio sistematiza la política de franquicias. La maniobra se ampara en el boom comercial de películas como El exorcista de Friedkin, rehechas una y otra vez en múltiples variantes, víctimas de feroz autofagia.

EL EXORCISTA: CREYENTE (The Exorcist: Believer) USA. David Gordon Green, 2023. Con Ellen Burnstyn, Leslie Odom Jr., Ann Dowd, Jennifer Netles, Norbert Leo Butz, Lidya Jewett, Olivia Marcum, Linda Blair.
Con El exorcista: creyenteejemplar sorprendentemente caótico a nivel secuencial, teniendo en cuenta que viene servido por un realizador bastante fogueado en el medio cinematográfico-, se pretende repetir la operación llevada a cabo con la nueva trilogía que explota, bajo la fórmula de la «secuela directa«, La noche de Halloween (John Carpenter, 1978).

Para el caso, la película El exorcista (William Friedkin, 1973) se ha situado en el punto de mira del productor Jason Blum y el realizador Gordon Green, entre otros avispados comerciantes del medio.

El exorcista: creyente nace como primera entrega de tres películas, co-escritas y dirigidas, como en la caso de «Halloween«, por Gordon Green. Así planteada, la maniobra parece abrazar el éxito lucrativo. Sin embargo, los resultados, de momento, se acercan más a La matanza de Texas (David Blue García, 2022), «secuela directa» de la opera prima de Tobe Hooperque ya contó con una continuación de humor macabro ideada por el propio Hooper-, que a La noche de Halloween (Gordon Green, 2018).

La ventaja de la trilogía de Halloween estriba en su fidelidad a los personajes y situaciones originales y la implicación de Carpenter y la actriz Jamie Lee Curtis.

El exorcista: creyente, al igual que La matanza de Texas estrenada en plataformas, traiciona al original tanto en letra como espíritu.
No sorprende tampoco su sumisión a lo políticamente correcto. En primer lugar y sin razón aparente, por el reparto de papeles entre intérpretes de diferentes etnias. ¿Hace falta ser negro para viajar a Haití de luna de miel? También es verdad que se acierta con el perfil de los beatos blancos republicanos estadounidenses, de todas formas, tímidamente racistas; con eso no se atreven a meterse, ni tampoco se ponen en cuestión los diferentes fanatismos religiosos.

En segundo, la transformación feminista de las constantes del original y sus secuelas -de las cuales los nuevos productores no reniegan, como sí hacían, por motivos prácticos, respecto a la serie «Halloween»-.

Abundando en lo último, produce vergüenza ajena escuchar a Chris McNeill (de nuevo Ellen Burnstyn, quien casi rogó por encarnar el rol para Friedkin y ahora lo hace solo a cambio de inversión para un programa de becas para jóvenes actores), la madre de Regan (Linda Blair, aquí en un cameo), culpar al patriarcado por su ausencia en el dormitorio donde el exorcista y su ayudante, en 1973, intentaban expulsar al demonio del cuerpo de su hija.

En consonancia con esta absurda crítica, la película propone la democratización del exorcismo.

Es decir, ahora no será llevado a cabo por un sacerdote exorcista, alguien formado y preparado para ejecutarlo, sino un grupo heterogéneo de hombres y mujeres de diferentes condiciones y creencias, incluida la práctica vudú, sin la menor formación en la materia.
La renuncia previa de cierto sacerdote a practicar el exorcismo carece de espesor pues no implica falta de fé sino cobardía y está metida con calzador para facilitar el exorcismo mixto.
En El exorcista: creyente son dos las niñas poseídas por… ¿Pazuzu, el demonio de las otras entregas? No se entiende que un diablo habite dos cuerpos simultáneamente y eso también contradice lo visto en el primer título.

El contraste entre las chicas blanca y negra resulta oportuno.

Así como necesario que el padre blanco (beato republicano) sea mezquino y egoísta y el negro lleve consigo un trauma (expuesto de forma rutinaria), que en ningún momento adquiere peso en la trama y que el demonio vocaliza, aprovechándolo con malicia para defenderse del exorcismo inclusivo, igual que lo soportaba el Padre Karras, víctima de un remordimiento más creíble, en la película inaugural.
Otro problema radica –aparte de la apatía con que Leslie Odom Jr. interpreta al padre falsamente atormentado, adoptando el mismo gesto durante casi todo el metraje-, en que la relación paternofilial no adquiere relieve en las secuencias dedicadas a dibujar sus caracteres. Poco importan al espectador el padre y la hija cuya complicidad se cita mas no se demuestra. 

La imagen de Regan visitando a su madre en el hospital durante los compases finales predispone al espectador al visionado de nuevas entregas donde tal vez Linda Blair adquiera mayor protagonismo. Una maniobra astuta que, vista la calidad de este filme, no me motiva demasiado.

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